El diario SPORT no engaña a nadie cuando ejerce su línea editorial barcelonista; es una postura clara que cada lector es libre de consumir o cuestionar. Sin embargo, el artículo de Hugo Scoccia cruza la frontera del análisis para entrar en el terreno de la generalización injusta. Bajo el titular “Los que saltaron a pegar se molestan por un cántico”, el autor pretende que la afición del Espanyol acepte cualquier desprecio de forma perpetua, utilizando un incidente pasado como el comodín perfecto para anular cualquier queja presente. Es una lógica de castigo colectivo que no busca informar, sino silenciar.
Resulta especialmente asombroso cómo Scoccia intenta dar lecciones de moralidad mientras retuerce la realidad. Al calificar de «estrambóticas» las críticas por clasismo sobre las alusiones a Cornellà, el articulista ignora voluntariamente la carga despectiva que conlleva ese discurso en el contexto social catalán. Además, su intento de culpar exclusivamente a la grada perica de los cánticos xenófobos en un partido de la selección española es una manipulación flagrante. Atribuir a una sola afición lo ocurrido en un estadio lleno de seguidores de procedencias diversas es un ejercicio de desinformación que busca criminalizar a una entidad por pura conveniencia narrativa.
Al final, tratar de justificar la provocación de unos profesionales —por muy jóvenes que sean— señalando los pecados de otros solo sirve para enturbiar el ambiente. No obstante, más allá de estos ataques editoriales, lo que debe prevalecer es la esencia del juego. Que el derbi de Barcelona siga siendo un duelo de máxima tensión, de nervios a flor de piel y de una rivalidad eléctrica es, en última instancia, la verdadera salsa del fútbol. Celebremos que la ciudad vibre con esa pasión enfrentada, porque sin esa chispa y sin ese orgullo de pertenencia a unos colores u otros, este deporte perdería gran parte de su alma.





