“Vera, Parra, Teruel, Artigas, Diego, Casas, González, Grau, Celma, Pujol, Segarra y Egea. Pujol es mi padre, que era delantero y estuvo a prueba en el Espanyol”, recita Xavier Pujol al mirar la foto de la plantilla de la 1950-51 en el sótano de su casa. Aquel espacio de 45 m² en el Garraf, pensado para ser una bodega, acabó convirtiéndose en un museo dedicado al club de sus amores, tal y como cuentan este domingo los compañeros del ARA.
Su afición nació en los ochenta durante un viaje a Italia con la escuela de fútbol. “Descubrí una pequeña tienda de memorabilia con todo tipo de objetos. Me impresionó la cantidad de piezas y lo bien expuestas que estaban. Parecía un museo”, recuerda. Cuatro décadas después, suma unos 500 banderines —más de 100 pericos—, carteles, entradas, un cromo de 1915 y hasta un balón firmado de la final de la UEFA de 2007.
El gran atractivo son sus más de 200 camisetas, 188 de ellas usadas en juego. “Me gustan porque cada matchworn tiene una historia detrás. Incluso tengo algunas con marcas de sangre o de césped. Hay una de Monito Vargas del año de la UEFA que todavía huele a sudor”, comenta entre risas. En su colección lucen piezas de Tamudo, Jarque, la indumentaria Massana de Job en Leverkusen o de Valverde con la mítica publicidad de Araña.
La joya de la corona son sus cinco camisetas Mont-hal de los años setenta, como la del Trofeo Carranza de 1974 ante el Santos de Pelé. “En aquella época cada jugador tenía solo una camiseta para toda la temporada. Al haber tan pocas, hoy se pagan más de mil euros por cada una”, explica.
Dos veces finalista del Periconcurs, Pujol sigue buscando las dos piezas que le faltan para completar su templo: “Una Mont-hal blanca y una tipo camisa que vistió mi padre en los cincuenta. Mi ilusión es conseguirlas algún día”.




