Dicen que el fútbol es un estado de ánimo, una montaña rusa de sensaciones que escapa a cualquier métrica. Sin embargo, cuando los datos se vuelven tozudos, terminan por dictar sentencia. El Espanyol de Manolo González atraviesa ahora mismo su particular desierto, atrapado en una crisis de resultados que ya ha entrado en los libros de historia por lo negativo. Las dieciséis jornadas sin sumar de tres en tres son una losa demasiado pesada para un vestuario que ha pasado de soñar con pasaportes europeos a mirar con vértigo el abismo del descenso.
Este domingo, a las 21:00h, el templo perico recibe a un Real Madrid que llega herido tras su empate ante el Real Betis en Sevilla. No es, desde luego, el invitado ideal para una fiesta de redención, pero el fútbol no entiende de momentos oportunos. Los blancos aterrizan con la soga al cuello si no quieren vivir la humillación de rendir pleitesía al eterno rival la próxima semana, lo que convierte este duelo en una trampa de alta tensión para ambos bandos.
La pizarra de Manolo González tendrá que hacer encaje de bolillos. La baja por sanción de Pol Lozano es un contratiempo mayúsculo; el equipo pierde el pulmón que equilibra el sistema. Sin el ’10’, la sala de máquinas quedará bajo la batuta de Urko González y Edu Expósito, con la misión de blindar el eje y dar oxígeno a un Ramon Terrats que adelantará su posición para conectar con el ataque. En los costados, la profundidad recaerá en Dolan y un Pere Milla que deberá recuperar su versión más incisiva.
Pero la gran noticia reside en la savia nueva. La enfermería ha dejado un hueco doloroso con la ausencia de Cyril Ngonge, el futbolista más eléctrico del pasado lunes, cuya rodilla ha dicho basta en el peor momento.

A pesar de que el entorno hierve y el malestar de la grada es evidente, la figura de Manolo González sigue firme en el banquillo. La presencia del propietario, Alan Pace, en el palco del RCDE Stadium debe interpretarse como un mensaje de unidad en medio de la tormenta.
El Real Madrid que se encontrará el Espanyol es un equipo de entreguerras. El proyecto de Álvaro Arbeloa llega a Barcelona mermado por una plaga de lesiones que afecta a su columna vertebral. Sin la seguridad de Courtois, la garra de Carvajal ni el desequilibrio de un Mbappé envuelto en el ruido mediático por su viaje a Cerdeña, los blancos parecen vulnerables. A ellos se suman las bajas de piezas como Militao o Rodrygo, configurando un once competitivo pero condicionado.
No obstante, el técnico perico ya lo ha advertido: el escudo del Madrid no permite paseos. La plantilla blanquiazul debe apelar al espíritu de la temporada pasada, cuando ya demostraron que David puede tumbar a Goliat. Bo solo se juegan tres puntos; se juega recuperar la fe en un proyecto que necesita, más que nunca, que su afición sea ese jugador número 12 que empuje cuando las piernas fallen.






Y el escudo del Espanyol, tampoco se debería de permitir paseos.