De: Fran Sánchez Alaminos Para: Robert Fischer
CC: Alan Pace, Mao Ye, Monchi, FCPE Asunto: El Espanyol y la armadura oxidada Fecha: 28 de octubre de 2026
Querido Robert Fischer,
La historia del RCD Espanyol de Barcelona es la de 126 años de historia en busca de una salida y es por ello en los que hay cumpleaños que invitan a celebrar mientras otros nos obligan a mirarnos al espejo.
El Espanyol cumple hoy 126 años de historia y lo hace en uno de esos momentos en los que cuesta encontrar motivos para soplar las velas sin que aparezca, casi de inmediato, una pregunta incómoda: ¿cómo hemos llegado hasta aquí?
El equipo atraviesa una situación deportiva delicada, acaba de caer eliminado de la Copa del Rey ante el Sestao River, de Segunda RFEF, y se ha quedado sin entrenador. La destitución de Manolo González, el hombre que devolvió al Espanyol a Primera División y consiguió mantenerlo en la élite, aunque necesaria en este momento, añade incertidumbre a un escenario que ya resultaba difícil de digerir. El cumpleaños llega, por tanto, con una crisis deportiva que ensombrece cualquier celebración.
Pero quizá este aniversario merezca algo más que un balance de resultados, una relación de errores o una nueva discusión sobre quién tiene la culpa. Quizá sea el momento de mirar al Espanyol desde otro lugar. Y hacerlo a través de tu libro que, aunque no habla de fútbol, contiene una metáfora que encaja inquietantemente bien con la realidad blanquiazul.
Tu libro El caballero de la armadura oxidada, Robert Fisher, cuenta la historia de un hombre que termina atrapado dentro de aquello que debía protegerlo. El caballero lleva tanto tiempo con su armadura que acaba por no poder desprenderse de ella. Lo que en otro tiempo fue su defensa se convierte en una prisión. Y aquello que le daba seguridad termina impidiéndole avanzar.
¿Y si algo de esa historia tuviera que ver con el Espanyol?
Durante 126 años, el club ha construido una identidad que va mucho más allá de los resultados. Ser perico ha significado defender un espacio propio, mantener una personalidad diferenciada y sobrevivir a etapas en las que el futuro parecía bastante menos prometedor que el pasado. Hay orgullo en esa resistencia. Hay una fidelidad que no necesita justificación y una historia que merece ser reivindicada.
El problema comienza cuando la resistencia deja de ser una virtud para convertirse en una forma de entender inevitablemente el presente. Porque resistir no es lo mismo que avanzar. Aguantar no equivale a construir. Y sobrevivir, por mucho mérito que tenga, no puede ser el horizonte permanente de una institución que aspira a competir en la élite.
El Espanyol conoce demasiado bien la sensación de tener que empezar de nuevo. Los descensos, los ascensos, las crisis deportivas, los cambios de propiedad y las expectativas que vuelven a levantarse para después desmoronarse han ido acumulando capas sobre su historia. Cada episodio deja una huella. Cada decepción alimenta la memoria. Cada nueva promesa se recibe con una mezcla de esperanza y cautela.
Quizá ahí empiece a oxidarse la armadura: cuando la experiencia de los golpes anteriores condiciona tanto la mirada que cuesta creer en algo diferente. No es una cuestión de dejar de ser perico. Es, precisamente, una cuestión de qué significa serlo.
Hace apenas un año, el Espanyol celebraba su 125 aniversario con la solemnidad de una efeméride histórica en el Paraninfo de la Universidad de Barcelona y la expectativa de abrir una nueva etapa. El club podía mirar hacia atrás y reconocer una trayectoria mas que centenaria, pero también mirar hacia delante, con la esperanza de que el cambio de propiedad y las promesas de crecimiento se tradujeran en un proyecto capaz de dar estabilidad y ambición a la entidad.
Doce meses después, el contraste resulta difícil de ignorar. La incertidumbre deportiva ha vuelto a instalarse en el presente, la eliminación copera ha agravado el malestar y la salida del entrenador obliga a abrir otra etapa sin que estén despejadas todas las incógnitas sobre el rumbo del equipo ni sobre el próximo inquilino del banquillo.
No se trata de atribuir todos los problemas a una sola persona ni de convertir un aniversario en un juicio sumario. El fútbol es complejo, las decisiones tienen consecuencias que no siempre se manifiestan de inmediato y una temporada puede cambiar de dirección. Pero sí cabe exigir coherencia entre las promesas, las decisiones y los resultados.
Porque un club no puede vivir permanentemente de lo que fue ni de lo que alguien asegura que será.
La historia es un patrimonio. El futuro es una responsabilidad. Y el presente, por incómodo que resulte, es el lugar desde el que hay que construir ambos.
El Espanyol tiene motivos de sobra para sentirse orgulloso de su trayectoria. Pero la historia también puede convertirse en una trampa cuando se utiliza como refugio frente a las preguntas que plantea el presente. Existe una diferencia entre reivindicar la identidad y vivir instalado en la reivindicación. Entre defender el orgullo propio y alimentar una sensación permanente de agravio. Entre recordar las dificultades que ha atravesado el club y aceptar, casi como una fatalidad, que siempre habrá que volver a empezar.
El riesgo es que la excepcionalidad de la resistencia termine justificando una ambición insuficiente.
El espanyolismo no necesita que le expliquen lo que significa permanecer al lado de su equipo cuando las cosas van mal. Lo ha demostrado muchas veces. Lo que necesita es que esa fidelidad encuentre una correspondencia en un proyecto capaz de ofrecerle motivos para mirar hacia delante.
La afición puede acompañar, empujar, protestar y exigir. Puede llenar un estadio y sostener emocionalmente a un equipo cuando todo se tuerce. Pero no puede sustituir la planificación deportiva, el criterio en las decisiones ni la responsabilidad de quienes dirigen la institución. El sentimiento no está en cuestión. Precisamente por eso, las decisiones que afectan a su futuro deben estarlo.
En tu libro Robert Fisher, el camino del caballero no consiste en encontrar una armadura mejor, más resistente o más brillante. Consiste en descubrir por qué necesita llevarla puesta y qué le impide quitársela.
Tal vez el Espanyol deba hacerse una pregunta parecida en su 126 cumpleaños.
¿Qué parte de su identidad necesita proteger a toda costa? ¿Qué hábitos, inercias o formas de entender el club han dejado de servirle? ¿Cuánto de su energía se dedica a defender lo que es y cuánto a construir aquello que quiere llegar a ser?
Quitarse la armadura no significa renunciar a la historia, a los colores ni a la personalidad que han mantenido vivo al espanyolismo durante generaciones. Significa no confundir esa identidad con una obligación de vivir permanentemente a la defensiva.
Significa entender que ser un club diferente no basta. Que la singularidad debe traducirse en un proyecto reconocible, en decisiones coherentes y en una ambición que no se limite a evitar el siguiente desastre.
Y significa, también, aceptar que el pasado no puede resolver los problemas del presente por el simple hecho de ser glorioso.
Los cumpleaños redondos suelen servir para mirar atrás y recordar de dónde venimos. El 126 aniversario tiene, sin embargo, una particularidad: llega en un momento en el que mirar hacia delante resulta mucho más urgente que repasar las fotografías del pasado.

La destitución de Manolo González es una decisión que el club ha tomado. Pero cambiar de entrenador no equivale, por sí solo, a resolver una crisis. La cuestión de fondo es si existe una idea capaz de dar continuidad y sentido a las decisiones deportivas, si la propiedad tiene un rumbo que pueda explicar con hechos y si el espanyolismo puede volver a reconocer un proyecto en el que depositar su confianza.
No hay respuestas sencillas. Tampoco garantías de que todo vaya a salir bien. Lo que sí existe es una necesidad evidente de recuperar certezas y transformar la angustia del momento en una oportunidad para revisar lo que no funciona.
Hoy, el Espanyol cumple 126 años. No es poca cosa. Son 126 años de fútbol, de generaciones que han heredado unos colores, de pericos que se han ido incorporando por el camino, de victorias celebradas y derrotas que todavía duelen. Una historia demasiado importante como para conformarse con sobrevivir a ella.
Quizá el mejor homenaje que podría hacerse el club no sea celebrar únicamente lo que ha sido, sino atreverse a preguntarse qué debe cambiar para seguir siendo relevante mañana.
Porque las armaduras también pesan. Y cuando se oxidan, pesan todavía más.
El Espanyol ha demostrado que sabe resistir. Ahora necesita demostrar que sabe salir de ese ciclo, que puede convertir su identidad en una fuerza para construir y no solamente en un escudo con el que protegerse de las decepciones.
Tu caballero Robert Fisher descubre que quitarse la armadura no lo convierte en alguien más débil. Le permite volver a caminar.
126 años después de su nacimiento, quizá el Espanyol necesite exactamente eso: no otra armadura, ni otra promesa, ni otra celebración que disimule las dudas, necesita encontrar el camino y empezar a recorrerlo.
Con cariño,
En X @SanchezAlaminos





